Copyright - Zac Poonen (2001)

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CAPÍTULO UNO

EL PROPÓSITO DE DIOS EN LOS FRACASOS DEL HOMBRE

 

Leamos San Lucas capítulo 22, el versículo 31.

Aquí leemos que Jesús advirtió a Pedro de un peligro que le quedaba por delante. Le dijo: "Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos".

Todos sabemos que Pedro negó al Señor tres veces aquella misma noche. En el versículo 334, leemos que Jesús le dijo a Pedro: "Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces".

Lo que yo quisiera compartir con ustedes esta mañana es el propósito de Dios en los fracasos del hombre. Esto nos animará a tener esperanza si nos sentimos frustrados y desanimados por nuestros fracasos.

La primera pregunta que vamos a considerar es ésta: ¿Permite Dios los fracasos? ¿Habrá algún propósito en los fracasos? ¿O será posible que los fracasos no tengan ningún propósito dentro de la perfecta voluntad de Dios y son algo que Dios no puede usar para adelantar sus propósitos?

Al leer este pasaje, vemos que Dios no impidió que Pedro le negara. ¿Por qué no le dijo Jesús: "Simón, yo he rogado por ti, que no me niegues siquiera una vez". ¿Por qué oró el Señor únicamente que no faltara la fe de Pedro, aunque Pedro mismo cayó en un pecado? ¿No es interesante que el Señor nunca oró que Pedro no cayera?

Algunos de nosotros quisiéramos que el Señor orara por nosotros para que nunca cayéramos. Cómo nos gustaría que el Señor nos dijera: "Hijo mío, hija mía, yo he orado por ti, para que nunca caigas, y para que nunca falles". Pero lo raro es que el Señor nunca ora tal petición por nosotros.

¿Qué fue lo que Jesús pidió respecto de Simón? Que cuando Satanás le tentara, no faltase su fe. No pidió que Pedro no cayera en la tentación, sino que no le fallara su fe en el perfecto amor de Dios cuando cayera, de modo que cuando Pedro alcanzara el fondo del foso del fracaso, todavía pudiera confesar: "Dios todavía me ama".

Esto es la fe, y ésta la confesión que siempre tenemos que tener en los labios y en el corazón - por profundo que nos hayamos hundido o caído - que Dios todavía me ama".

Ésta fue la confesión del hijo pródigo. Cuando se había hundido tan profundamente que ya no le era posible descender más, todavía creía que su padre la amaba. No puedo imaginarme que alguien podría hundirse más que el hijo pródigo - comiendo lo que comían los cerdos. Aquel muchacho había alcanzado el fondo del foso. Pero estando allí en aquel foso, se acordó de una cosa: Su padre todavía le amaba. De otra manera jamás habría regresado a casa. Digamos que había oído que su padre había muerto y que ahora su hermano mayor dirigía los asuntos de la casa, ¿piensas que habría regresado? No. El bien sabía cómo era su hermano mayor. Y sabiendo esto, jamás habría regresado allá. Regresó únicamente porque sabía que su padre le amaba.

Hay pecadores que nunca llegan a algunas iglesias porque sienten que el pastor o los ancianos allí son como aquel hermano mayor de la parábola. Si es así, no les podemos echar la culpa a los pecadores por no llegar. Pero si los ancianos de una iglesia son como aquel padre, los peores pecadores llegarán a aquella iglesia buscando la salvación de la misma forma que llegaron a Jesús. Nuestra iglesia debe ser tal que el peor pecador puede sentirse libre de acudirnos y hallar la salvación entre nosotros.

Hay esperanza para todos los que han fracasado totalmente, para los que han arruinado sus vidas y para los que han alcanzado el fondo del foso. A partir de allí, el Señor puede levantarte y llevarte a las alturas de la gloria. Su oración por nosotros es que en ningún momento falle nuestra fe en el amor de Dios.

Si no necesitas este mensaje hoy, querido hermano y hermana, no hay duda que lo vas a necesitar algún día en el futuro... cuando llegues hasta el fondo del foso. Acuérdate de una sola cosa en aquel día: Dios todavía te ama, no importa dónde estés ni a qué honduras has caído. En aquella hora, que no falle tu fe en el amor de Dios.

Básicamente, la fe es creer que Dios todavía nos ama. No ama nuestro pecado. No quiere que sigamos en nuestro pecado. él es como un padre que ve las enfermedades que afligen a su hijo. Cómo aborrece esas enfermedades. Pero ama a su hijo. Piensa en una madre que ve a su hijo lleno de lepra o de tuberculosis. Aquella madre ama tanto a su hijo, pero aborrece aquellas enfermedades de todo su corazón. Dios ama a los pecadores pero aborrece su pecado.

Vemos el amor de Dios para los pecadores y su odio al pecado en la cruz del Calvario. Su amor a los pecadores se ve en que Él permitió que Jesús muriera en la cruz por nosotros. Su odio al pecado se ve en que dio la espalda a Jesús cuando Jesús llevaba sobre sí los pecados del mundo en la cruz.

A veces la gente pregunta cómo un Dios de amor puede mandar a la gente al infierno. ¿Cómo es el infierno? El infierno es un lugar que Dios ha abandonado por completo - un lugar donde no es posible hallar a Dios. Es por eso que aún queda tanta bondad y tanta hermosura en esta tierra. Por ejemplo, mira la hermosura de la creación. Mira la decencia y la bondad que existe en tantos seres humanos. A los demonios les gustaría poseer a TODOS los seres humanos, pero no pueden, porque Dios ha levantado un muro protector alrededor de la gente para que los demonios no puedan hacer lo que les dé la gana. Además, es la misericordia de Dios que le da al hombre salud, prosperidad y muchas otras comodidades. Dios ha derramado todas estas bendiciones tanto sobre buenos como sobre malos. Todo esto es una prueba de que Dios no ha abandonado este mundo. Pero el infierno no es así. En el infierno no hay ni una gota de misericordia - porque el infierno es un lugar verdaderamente desamparado de Dios.

Hay tantas virtudes en mucha gente inconversa de este mundo, porque las influencias de Dios aún permanecen sobre ellos. Pero media vez van al infierno, aquellas mismas personas se volverán tan malos como el mismo diablo - porque la misericordia de Dios ya no estará presente en sus vidas.

En el infierno, la gente conocerá por primera vez en su vida lo que es ser totalmente abandonado por Dios. Eso fue lo que experimentó Jesús en la cruz. Jesús experimento el infierno en la cruz durante aquellas tres horas de tinieblas, cuando realmente Dios le dio la espalda. En esto podemos ver cuánto aborrece Dios el pecado.

Pues, ¿cuál es la respuesta? ¿Será que un Dios de amor puede mandar a la gente al infierno? La respuesta se halla en la contestación de la pregunta siguiente: ¿Fue posible que un Dios de amor permitiera que su propio hijo aguantara los dolores del infierno en la cruz cuando los pecados del mundo estaban sobre Él? Si Él pudo hacer esto, también puede mandar a la gente al infierno. Un Dios de amor dará la espalda a los que persisten en pecar, los cuales le dicen a Dios: "Yo no voy a escuchar tu voz. He escogido agarrar mi propio camino y por el andaré para siempre".

En mis propias palabras, Proverbios 29:1 dice lo siguiente: "El hombre que rehúsa aceptar la corrección un día será destruido repentinamente y no le será dada otra oportunidad". Si un hombre sigue rehusando las amantes invitaciones de Dios, está en grave peligro.

Ahora, no quiero que se sienta condenado ninguno de ustedes, mis hermanos y hermanas super-sensibles al oír esto. Porque este versículo no fue escrito para los que caen en pecado, sino para advertir a los que aman el pecado y que desean continuar en él. No fue escrito para los que tratan de vivir en pureza pero que siguen cayendo. Fue escrito para los rebeldes, los cuales retan a Dios y desean seguir pecando.

¿Cómo puedes saber si eres un rebelde? Es muy fácil averiguarlo. Sólo hazte la pregunta si tienes un deseo de arrepentirte y volver a Dios? Si existe el menor deseo dentro de tu corazón para volver a Dios y amarle, luego eso es una prueba de que el Espíritu Santo todavía está obrando en tu vida y que Dios está procurando atraerte a sí mismo. Bien puede ser que eres un fracasado, pero rebelde no eres. Hay una gran diferencia entre uno que falla y uno que se rebela.

Dios tuvo un propósito en dejar que Pedro fallara. Su propósito fue zarandear a Pedro. Lo que quería Satanás en verdad era destruir a Pedro completamente, pero Dios no se lo permitió. Dios no permite que seamos probado o tentados más allá que nuestra capacidad de resistir. Así que a Satanás se le permitió zarandear a Pedro. Como resultado de su fracaso, Pedro fue limpiado de un montón de tamo en su vida.

Aquí vemos el propósito verdadero por el cual Dios permite que nosotros también fallemos.

¿No es bueno que el tamo sea quitado de nuestra vida? Claro que sí. Cuando un agricultor cosecha el trigo, tiene que zarandearlo o aventarlo antes de poderlo usar. Únicamente así se le quitará el tamo.

El Señor usa a Satanás para quitar el tamo de nuestra vida. Y lo raro es que Dios lleva a cabo este propósito, dejándonos fallar repetidamente! Dios usó a Satanás para llevar a cabo este propósito en la vida de Pedro y seguramente usará a Satanás para cumplir este propósito también en la vida nuestra. Tanto tamo hay en todos nosotros - el tamo del orgullo, la confianza en uno mismo y la justicia propia. Y Dios usa a Satanás para hacernos fallar repetidamente a fin de quitar completamente todo este tamo de nuestra vida.

Si el Señor ha tenido éxito hasta aquí en llevar a cabo este propósito en tu vida, sólo tú lo sabes. Pero si el tamo en verdad se está quitando, serás más humilde y menos confiado en tu propia justicia. No mirarás hacia abajo a otros que fallan. No te considerarás mejor que otras personas.

Como acabo de decir, Dios permite que Satanás nos quite el tamo, dejándonos fallar repetidamente. Así que no te desanimes si fallas. Todavía estás en la mano de Dios. Mediante tus repetidos fracasos, se está llevando a cabo un propósito glorioso. Pero en tales ocasiones, que no falle tu fe en el amor de Dios para ti. Así oró Jesús por Pedro, y asimismo está orando por nosotros ahora mismo. No está orando que nunca fallemos, sino que está orando que cuando hayamos alcanzado el fondo del foso, quede sin fluctuar nuestra fe en el amor de Dios.

Únicamente tras muchas experiencias de fracaso nos reducimos a un "punto cero" donde somos quebrantados en verdad. Fue cuando Pedro alcanzó aquel punto, que tuvo una segunda "conversión" (Lucas 22:32 -- SEV 1569). Él dio vuelta. La evidencia de que fue contestada la oración de Jesús por Pedro se ve en que Pedro, cuando había alcanzado el fondo del foso, dio vuelta y volvió. No se quedó allí boca abajo y desanimado. Se levantó. Teniéndolo amarrado con un lazo bien largo, Dios permitió que se corriera. Pero cuando Pedro llegó al fin del lazo, Dios lo jaló otra vez a sí mismo.

Es maravilloso ser un hijo de Dios. Cuando Dios nos adopta como hijos, nos amarra con un lazo para protegernos. El lazo es largo y flojo, y es muy posible que falles y caigas varios miles de veces. Aun es posible alejarte del Señor. Pero algún día, llegarás al fin del lazo. Y allí Dios te jalará otra a vez a sí mismo.

Por supuesto que en aquel día podrás tomar una decisión de cortar el lazo y correrte. O puedes escoger ser quebrantado por la bondad de Dios y con lágrimas volver a Él. Así hizo Pedro. Lloró y volvió al Señor. Pero Judas Iscariote no hizo así. El cortó el lazo, rebelándose contra la autoridad de Dios en su vida, y fue eternamente pedido. Pero yo confío que tú harás lo que hizo Pedro.

Luego, Jesús le dijo a Pedro: "Después de volver y fortalecerte otra vez, fortalece a tus hermanos".

Únicamente después de ser quebrantados, podemos ser lo suficientemente fuertes para fortalecer a otros.

Únicamente cuando Pedro se halló débil y quebrantado, se volvió fuerte en verdad -- tan fuerte que le fue posible fortalecer a sus hermanos y hermanas. Podríamos decir que la preparación de Pedro para un servicio en la plenitud del Espíritu vino mediante su experiencia de fracaso. Si él hubiera sido llenado del Espíritu Santo sin esta experiencia de fracaso, se habría levantado en el día de Pentecostés como un hombre orgulloso, como un hombre que jamás hubiera fallado, uno que podría mirar hacia abajo con menosprecio a los pobres y perdidos pecadores alrededor de él. ¡Y Dios habría llegado a ser su enemigo, porque Dios resiste a los soberbios!

Ésta es la tragedia que ha sobrevenido a muchos cristianos hoy días que en un entonces habían sido llenos del Espíritu Santo. Nunca fueron quebrantados. Fueron genuinamente llenados del Espíritu Santo quizás, pero nunca fueron quebrantados. Y por tanto, por su orgullo, luego perdieron la unción.

En mi propia vida, Dios me enseñó las verdades del camino de la cruz y del quebrantamiento mucho antes de que me llenara con su Espíritu. Y qué bueno fue que lo haya hecho así en mi caso, porque impidió que me alejara de Él. Mediante muchos años de fracaso, Dios hizo pedazos la confianza que tenía en mí mismo y a la justicia que creía poseer -- sí, fueron años de fracaso día tras día. Si yo trazara un gráfico de los sesenta años de mi vida, sería algo así: Cuando nací, estaba hasta aquí arriba - inocente y lindo, como lo son todos los bebés, sin haber conocido el pecado. Después de nacer de nuevo (cuando tenía 19 años), la cosa andaba bien por un tiempo -- en realidad así fue durante varios años. El gráfico comenzó a subir gradualmente. Pero en lo que Dios comenzó a bendecir mi ministerio y llegué a ser bien conocido en las esferas cristianas, el orgullo entró en mi vida, y el gráfico comenzó a bajar, sin que me diera cuenta. Exteriormente, yo era todavía un predicador bien conocido. Pero ya había comenzado a deteriorarse mi vida interior y mi andar con Dios. Comenzaba a deslizarme - por dentro. Finalmente, llegué al punto cuando, a mi criterio, el gráfico de mi vida había alcanzado su punto más bajo. Eso fue hace veintiséis años. Al llegar a ese punto, yo pensaba seriamente en dejar el ministerio por completo, porque no quería yo seguir engañando a la gente, predicando lo que no vivía. En aquel punto, lo único que merecía yo era el juicio de Dios por mi hipocresía y mi apostasía. Pero en lugar de juzgarme y mandarme al infierno, ¿sabes lo que me hizo Dios? Me llenó de su Espíritu Santo.

¿Por qué lo hizo? Porque los caminos de Dios no son nuestros caminos. ¡Permíteme poner una ilustración para que entiendas la maravilla de esto!

Digamos que tú eres un empleado de una gran empresa internacional, y que has sido infiel a la empresa, desobedeciendo sus órdenes, abusándote de su bondad y trayendo mala fama a su nombre. Un día, cometes un error terrible. ¡Eso es el colmo! Viene el presidente a tu oficina, y en lugar de despedirte, te dice: "Hemos decidido perdonarte todo lo que has hecho, y triplificar tu salario a partir de hoy". ¿Te puedes imaginar que tal cosa pudiera suceder? ¿No? Pues, esto sólo sirve para mostrarnos que los caminos de Dios no son como los del hombre. Porque esto es un cuadro de lo que Dios hizo para mí hace 25 años.

¿Qué resultó de estos tratos de Dios conmigo? ¿Me animó a aprovecharme de la bondad de Dios, pecando aun más a partir de aquel día? No. Al contrario, como dice en Romanos 2:4, la benignidad de Dios me guió al arrepentimiento. Me guió a lamentos y al quebrantamiento. La benignidad de Dios me quebrantó y me dio un anhelo de vivir una vida pura y santa para Él de allí en adelante.

Pero yo quiero ser franco contigo. El gráfico de mi vida no siempre ha ido para arriba desde aquel día. No. Todavía tengo mis subidas y mis bajadas como otros cristianos que están luchando. Como Pablo, aún tengo "de fuera, conflictos; de dentro, temores". Todavía necesito la ayuda de mis hermanos para ser consolado cuando estoy deprimido (2 Corintios 7:5, 6). Pero estoy procurando seguir adelante hacia la perfección.

Dios tuvo que dejarme caer repetidamente en la fosa del fracaso antes de poder hacer en mí lo que Él quería. Y le llevó 16 años después que nací de nuevo, hasta que logró llevarme a aquel "punto cero". Para aquel entonces ya tenía yo 35 años de edad. La mitad de mi vida ya había pasado. Quizás no lleve tanto tiempo en tu caso, porque puede ser que tú no seas tan terco como lo era yo. Pero quería darte mi testimonio para animarte a fin de que nunca te desesperes. Si Dios pudo hacer todo esto para mí, bien puede hacer lo mismo para cualquiera de ustedes.

No hay ninguno que quede sin esperanza. ¿Oíste eso? No hay ninguno que quede sin esperanza. Hay esperanza para cada uno de ustedes entre tanto que estén vivos. Se pierde la esperanza únicamente después que hayan muerto.

Pedro también tuvo que llegar a este "punto cero", antes de que pudiera ser lo que Dios quería que fuera.

Media vez nosotros mismos hemos alcanzado el fondo de la fosa, jamás podemos menospreciar a los que todavía están allí. De allí en adelante, jamás podemos mirar hacia abajo a los pecadores o a los creyentes caídos, o aun a los líderes cristianos que han caído. Nunca podemos sentirnos orgullosos de nuestra victoria sobre el pecado, porque bien recordamos los fracasados que éramos en un entonces.

Es por eso que el mismo Pedro amonestó a otros cristianos, diciendo: "Nunca se olviden de cómo ustedes mismos fueron limpiados de sus antiguos pecados" (2 Pedro 1:9). Los advierte en este pasaje que si algún día se olvidan de esto, llegarán a ser ciegos, teniendo la vista muy corta. Yo nunca quiero ser ciego, ni quiero tener la vista corta. Yo deseo tener una vista que alcanza ver a lo lejos la visión de los valores celestiales y eternos -- en todo tiempo.

¿Quiénes son los que tienen la vista corta? Pues, son los que aprecian lo terrenal -- los placeres del pecado, las riquezas materiales y el honor y la aprobación de los hombres. Todas estas personas tienen la vista corta. Tenemos que sentirles lástima a tales creyentes. Si ves a un hombre cuya visión física está tan pobre que no alcanza ver nada más allá de tres metros, no te enojas con él. Le tienes lástima. Si ves a un hombre que tiene que mantener un libro a unos cinco centímetros de la cara para poderlo leer, no te enojas con él. Le sientes una gran lástima, ¿verdad? Si el oftalmólogo le pregunta a un hombre que lleva lentes bien gruesos si puede leer la tabla de letras en la pared, y el hombre responde que casi puede ver la letra más grande, la de encima, pero que no está seguro si es una E o una S, ¿qué hace el oftalmólogo? ¿Se enoja con él? No. Le siente lástima.

Y cuando miramos a otros creyentes que tienen la vista tan corta que están viviendo para el dinero y los placeres del pecado y la aprobación del hombre, no aprovecha nada reprenderlos. Tenemos que sentirles una gran lástima porque tienen la vista tan corta. ¡Qué enorme será su remordimiento algún día cuando se paren en la presencia del Señor!

Hay un sinfín de creyentes que son así. ¿Y sabes tú como llegaron a estar tan ciegos? Olvidaron "la purificación de sus antiguos pecados" (2 Pedro 1:9). Olvidaron la fosa de la cual los había sacado Dios. Se pusieron orgullosos de la forma en que Dios los bendijo después de sacarlos de la fosa.

Jamás quiero olvidarme de la fosa de la cual me sacó Dios. Yo sé que todos mis pecados han sido borrados y que Dios no recuerda siquiera un sólo pecado que cometí durante mi vida. Yo estoy en pie delante de Dios en este día como si ni una sola vez hubiera pecado en todos los 60 años de mi vida -- porque he sido "justificado en la sangre de Cristo" (Romanos 5:9). Así me mira Dios a mí. "Nunca más me acordaré de sus pecados" (Hebreos 8:12). Pero yo siempre me acordaré de lo que yo era en un entonces.

Ahora bien, no me pongo a reflexionar en mi pasado como para dar lugar a Satanás a condenarme o a deprimirme con el pensamiento de mis pecados. No. Nunca. "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1). Cuando el diablo me acusa, yo le digo en la cara que "la sangre de Jesucristo me ha limpiado de TODOS mis pecados". Yo venzo a Satanás "por medio de la sangre del Cordero" (Apocalipsis 12:11). Pero jamás me olvidaré de la fosa en la que me había hundido, donde Dios vino a encontrarme y me llenó de su Espíritu Santo.

Como Dios una vez le dijo a Judá, yo también era como "un bebé que ninguno quería, arrojado sobre la faz del campo, sin que ninguno se compadeciese de mí. Cuando el Señor pasó por ese camino y me vio revolcándome en mi propia sangre, me levantó, me lavó, me vistió y me hizo perfecto en su hermosura" (Ezequiel 16:5, 6, 9, 10, 14).

¿Cómo anda la cosa contigo, hermano mío y hermana mía? Yo sé que muchos de ustedes han sido llenados del Espíritu Santo. Pero no estoy seguro si Dios ha tenido éxito en quebrantarte y deshacer tu orgullo y la confianza que tienes en ti mismo. Es muy fácil averiguar si esto ha sucedido. Sólo contesta estas dos preguntas:

Primeramente: ¿Miras hacia abajo a otras personas -- quizás las que están en otras denominaciones?

Puede ser que en muchos puntos doctrinales no llegamos a un acuerdo con muchos cristianos, pero jamás debemos menospreciar a ninguno de ellos. Puedo decir con toda honestidad que considero a muchos cristianos de otras denominaciones como hombres que son mejores que yo. No puedo trabajar con muchos de ellos debido a nuestras diferencias doctrinales; pero no menosprecio a ninguno de ellos.

¿Dices tú a veces como dijo el fariseo: "Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres" (Lucas 18:11)? Si es así, luego no te has dejado quebrantar todavía, no importa qué experiencia hayas tenido con el Espíritu Santo.

Y ahora, una segunda pregunta: ¿Te sientes orgulloso de tu crecimiento espiritual o de lo que has podido lograr?

Un hombre quebrantado reconoce que en su carne no mora el bien. Por tanto, luego tiende a darle la gloria a Dios por cualquier fruto que él mire en su vida o en su ministerio.

Así que éstas son las dos señas de un hombre que ha sido quebrantado:

1. No mira hacia abajo a ninguno, ni creyente ni incrédulo.

2. No se gloría en su crecimiento espiritual ni en su ministerio.

Jacob es un ejemplo clásico de un hombre que Dios logró quebrantar. Tuvo dos encuentros con Dios -- uno en Betel (Génesis 28) y el otro en Peniel (Génesis 32).

Betel significa "la casa de Dios" (un tipo de la iglesia) y Peniel significa "el rostro de Dios". Todos tenemos que ir más allá que sólo entrar en la iglesia de Dios para ver el rostro de Dios.

En Betel, dice que "ya el sol se había puesto" (Génesis 28:11) - sólo un hecho geográfico, pero también indica lo que sucedía en la vida de Jacob, porque los siguientes 20 años fueron una época de profundas tinieblas para él. Luego en Peniel, dice: "le salió el sol" (Génesis 32:31) - otra vez, un hecho geográfico, pero también Jacob por fin había entrado en la luz de Dios.

Como las dos conversiones de Pedro, muchos creyentes que llevan años de caminar con Dios también han tenido dos encuentros con Dios. El primero fue cuando entraron en la casa de Dios (la iglesia) mediante el nuevo nacimiento. El segundo fue cuando se encontraron con Dios cara a cara y fueron llenos del Espíritu Santo y sus vidas fueron transformadas.

En Betel, Jacob soñó con una escalera que estaba apoyada en tierra y cuyo extremo superior se elevaba hasta el cielo. En Juan 1:52, Jesús explicó que aquella escalera se refería a sí mismo -- el Camino desde la tierra hasta el Cielo. De manera que lo que Jacob vio en realidad fue una visión profética de Jesús, quien abría el camino al cielo. En aquella ocasión, el Señor prometió muchas cosas a Jacob en el sueño. Pero Jacob tenía una mente tan terrenal que sólo pudo pensar en la seguridad terrenal, la salud física y la prosperidad económica. Por tanto, le dijo a Dios: "Señor, si Tú me cuidas en este viaje y me das comida y ropa y me traes de nuevo a mi casa sin novedad, yo te daré un 10% de mis ingresos". Jacob trató a Dios como un guardaespaldas, cuyo trabajo era cuidar de él. Y si Dios lo hacía, Jacob le pagaría su sueldo -- ¡un 10% de sus ingresos!

Asimismo muchos creyentes le tratan a Dios hoy día. Únicamente desean que les dé sus comodidades materiales. Y si el Señor les da estas cosas, asisten fielmente a los cultos y apartan algo de su dinero para la obra del Señor. Tales creyentes en realidad están negociando con Dios, buscando su propia comodidad y ganancia como lo haría cualquier negociante mundano.

Jacob pasó 20 años de su vida agarrando las cosas terrenales. Trató de agarrar una esposa de la familia de Labán ¡y obtuvo dos! No quería tener dos esposas ¡pero así le salió el negocio! Luego engañó a Labán y agarró sus ovejas, convirtiéndose así en un hombre riquísimo. Cuando llegó a la casa de Labán no tenía nada, pero al salir ya era muy rico. Sin duda que esta prosperidad material se la atribuyó a la bendición de Dios -- ¡como muchos creyentes lo hacen hoy día!

¿Pero cuál es la seña verdadera de "la bendición de Dios"? ¿Será la prosperidad? No. Es transformarnos en la imagen de Cristo.

¿De qué sirve tener un buen trabajo, una casa excelente y muchas comodidades si tu vida sigue siendo inútil a Dios y al hombre?

Pero Dios no había terminado de trabajar con Jacob. Tuvo un segundo encuentro con él en Peniel.

Quiero decirles, hermanos míos, que muchos de ustedes necesitan un segundo encuentro con Dios - un encuentro que sucederá en tu vida cuando llegues hasta el fondo de la fosa - y cuando Dios, en lugar de juzgarte y enviarte al infierno, ¡te llena de su Espíritu Santo!

Leemos en Génesis 32 que Jacob tuvo miedo porque acababa de oír que Esaú (a quien había estafado hacía veinte años, quitándole la primogenitura) le salía al encuentro. Estaba seguro que Esaú le mataría. Es bueno para nosotros cuando Dios permite que hagamos frente a ciertas situaciones que nos infunden miedo. Porque, cuando tememos lo que los hombre pudieran hacernos, nos aceramos a Dios.

En Peniel, Jacob se quedó solo (Génesis 32:24). Dios tiene que apartarnos y ponernos a solas antes de que pueda reunirse con nosotros. Es por eso que Satanás ha ordenado la vida en nuestro mundo de una forma tan apresurada y ocupada (sobre todo en las ciudades) que hasta muchos creyentes apenas tienen tiempo para estar a solas con Dios. ¡Sus vidas ya están tan ocupadas que los asuntos de baja prioridad (como Dios) han quedado totalmente excluidos de su horario! Esta es la tragedia del cristianismo moderno.

Dios luchó con Jacob durante muchas horas largas aquella noche, pero Jacob no se rendía. Esta lucha simbolizaba lo que había estado sucediendo en la vida de Jacob durante los últimos 20 años. Y cuando Dios vio que Jacob era testarudo, por fin le descoyuntó el muslo, haciendo que su cadera saliera de su sitio en la pelvis. En aquella ocasión, Jacob sólo tenía unos 40 años, y era un hombre muy fuerte. Su abuelo Abraham había alcanzado la edad de 175 años. Así que, podríamos decir que Jacob estaba en lo mejor de su juventud con un 75% de su vida por delante. Sufrir una zafadura de la cadera a una edad tan joven sería lo último que habría deseado, porque habría destruido todos los planes que había hecho para su futuro. Para entenderlo en el lenguaje de hoy día, sería semejante a un joven de veinte años a quien se le zafa la cadera, ¡obligándole a andar con muleta el resto de su vida! ¡Qué experiencia más destrozadora! Por el resto de su vida, Jacob nunca podría andar sin muleta.

Dios había probado tantas cosas para quebrantar a Jacob, pero no lo había logrado. Por tanto le dio una desventaja física permanente. Eso por fin logró quebrantarlo.

Es posible que Dios nos haga lo mismo a nosotros si él ve que lo necesitamos. Únicamente disciplina a los que ama a fin de salvarlos de otro catástrofe mayor.

Pero si Dios ha dejado de corregirte, bien puede ser que te deje vivir con buena salud y ganando bastante dinero, desperdiciando así tu vida. ¿Pero quién quisiera eso? Yo preferiría que Dios me corrigiera drásticamente, disciplinándome y quebrantándome (hasta físicamente si es necesario) ahora mismo, para que pueda andar con Él y cumplir sus propósitos en la tierra.

Aun el gran apóstol Pablo necesitaba de un aguijón en la carne para mantenerlo en un estado de quebrantamiento (2 Corintios 12.7). El aguijón que Pablo tenía en la carne puede haber sido alguna desventaja física que continuamente le molestaba. Vez tras vez oró a Dios que fuese quitado de él este "mensajero de Satanás". Pero Dios dijo que "No. Aunque sea un mensajero de Satanás, no te lo voy a quitar. Lo necesitas para mantenerte humilde, para que puedas ser útil tanto a mí, como a tus prójimos".

Después de descoyuntarle la cadera a Jacob, le dijo: "Está bien. Ya hice lo que me tocaba hacer. Ahora déjame ir. Tú nunca me querías a mí. Sólo querías mujeres y dinero". Pero Jacob ya no quiso soltar a Dios. Había sido cambiado -- ¡por fin! Este varón que había pasado toda la vida agarrando a mujeres y posesiones ahora agarra a Dios y le dice:

"No te dejaré si no me bendices".

¡Qué obra tan grande se llevó a cabo en el corazón de Jacob cuando se le descoyuntó la cadera! Ahora sólo deseaba a Dios.

Como dice el viejo refrán: "Cuando lo único que te queda es Dios, ¡hallarás que Dios es más que suficiente!" Es cierto.

Ahora Dios le pregunta: "¿Cómo te llamas?" Y Jacob responde: "Mi nombre es Jacob". "Jacob" quiere decir engañador. Jacob admite por fin que es un engañador.

¿Eres tú quizás un engañador también? ¿Has estado engañando a los demás que eres un hombre espiritual? Si es así, ¿estás dispuesto a hablar la verdad con Dios y decirle hoy que eres un hipócrita?

Muchos años antes, cuando su padre ciego le había preguntado su nombre, Jacob se había fingido que era Esaú. Pero ahora era honrado. Y el Señor le dijo inmediatamente: "Ya no vas a ser un engañador (Jacob)" (v. 28).

¿No es de mucho ánimo esta palabra?

¿La oíste? "Ya no vas a ser un engañador".

¡Aleluya!

Esto no quiere decir que ya no vas a caer en algún pecado. Pero ya no va a haber más engaño en tu vida. No va a haber más falsedad en tu vida.

De allí Dios le dijo a Jacob: "De aquí en adelante tu nombre será Israel (príncipe de Dios), porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido". ¡Qué transformación!--de un engañador a un príncipe de Dios. Y todo esto se hizo posible únicamente cuando Jacob fue quebrantado.

Esto es nuestro llamamiento también--sentarnos con Cristo en su trono, como príncipe, ejerciendo autoridad espiritual sobre Satanás y librando a los hombres y a las mujeres de la esclavitud de Satanás. Como miembros del cuerpo de Cristo, debemos tener poder con Dios y con los hombres y vencer. Hemos sido llamados a ser una bendición a todos los hombres. Pero esto sólo puede suceder cuando somos quebrantados. Y podemos ser quebrantados únicamente cuando somos francos con Dios en cuanto a nuestra hipocresía y nuestro engaño.

Muchos siglos después, cuando un descendiente de Jacob, Natanael, conoció a Jesús, el Señor dijo de él: "He aquí un verdadero Israel en quien no hay Jacob (engaño)" (Juan 1:47). Luego habló con Natanael de la escalera que Jacob había visto en Betel, y le dijo que él también era un "Israel" - no por ser perfecto Natanael, sino porque no había ningún engaño en él.

Dice aquí que Jacob llamó aquel lugar "Peniel" porque por fin había visto el rostro de Dios. En Betel, había quedado muy impresionado de la casa de Dios. Puede ser que llevas muchos años dentro de la casa de Dios sin haber visto jamás el rostro de Dios. Si así es, necesitas un segundo encuentro con Dios, donde le puedes ver el rostro.

Jacob dice con mucha emoción: "Ahora veo yo tu rostro, Oh Dios, y fue librada mi alma".

"¡Me hubieran despedido de la empresa, pero se ha triplificado mi salario!"

"¡Yo hubiera ido al infierno, pero en lugar de eso Él me llenó de su Espíritu Santo! ¡Aleluya!"

Creo que ya sé la razón por la que muchos creyentes no son llenos del Espíritu Santo. Están tratando de merecerlo. Están procurando ser dignos de Él. Multitudes de personas sinceras en muchas religiones están buscando el perdón de sus pecados de la misma forma también. ¿Por qué no tienen perdón? Porque están tratando de ganarlo.

¿Cómo recibiste tú el perdón de tus pecados? ¿Lo ganaste o lo mereciste? El día vino cuando te diste cuenta que jamás merecerías el perdón de Dios. Fuiste a Jesús en aquel entonces, no como cristiano, sino como pecador. Y tus pecados fuero perdonados inmediatamente. Tenemos que presentarnos de la misma forma para recibir la plenitud del Espíritu.

Hay muchos creyentes hoy día que ayunan y oran y esperan para recibir la plenitud del Espíritu Santo. Ninguna de estas cosas tiene nada de malo. Todas son buenas. Pero si tú haces estas cosas a fin de hacerte digno de recibir la plenitud del Espíritu, luego estás muy descarriado.

Cuando no recibes la plenitud del Espíritu, hasta puedes comenzar a dudar de Dios, diciéndole: "Señor, yo he ayunado y orado y esperado. ¿Por qué no me has llenado?" Pero jamás puedes ganar ni merecer al Espíritu Santo, asimismo como nunca puedes ganar ni merecer el perdón de pecados. Ambos son dones de Dios. Y no puedes pagarle ninguno de estos dones. Tienes que recibirlos libremente - o nunca los recibirás.

Los dones de Dios son todos gratuitos. Pero el hombre comete el error de tratar de pagárselos a Dios, y por tanto no recibe ninguno de ellos. Si tratas de hacerte digno de recibir los dones de Dios, no puedes recibirlos. Quizás sea ésta la razón primordial por la cual tú no has sido llenado del Espíritu Santo.

Cuando Jesús estuvo aquí en esta tierra, los fariseos pensaron que merecían el perdón de pecados más que ninguno. Pero no lo recibieron -- y fueron al infierno. Por otra parte, pecadores infames como María Magdalena recibieron el perdón de pecados inmediatamente. Un ladrón quien había llevado una vida de crímenes fue perdonado en un momento y fue al Paraíso en la misma noche cuando fue crucificado.

Dios da sus mejores dones a los que no los merecen. Los que llegaron a trabajar en la viña a la hora undécima sabían que no merecían nada, y por tanto recibieron su salario antes que los demás. Pero los que habían venido antes, los cuales se sentían merecedores de su salario, se quedaron de últimos.

En la historia del hijo pródigo, leemos que el padre tenía un anillo en el dedo. Un día, se quitó el anillo y se lo dio a su hijo menor, quien había despilfarrado todo su dinero. ¿Por qué no se lo dio a su hijo mayor? Porque él estaba confiado en su propia justicia. En la vista del hombre, fue el hijo mayor que merecía aquel anillo. Pero el padre se lo dio a su hijo menor.

Así obra Dios. Él hace cosas así para humillar el orgullo del hombre, para que ninguno pueda jactarse en su presencia. Sus caminos no son nuestros caminos, y sus pensamientos no son nuestros pensamientos.

Si has llegado a entender esta verdad que estoy tratando de enfatizar, luego has entendido un principio fundamental de cómo Dios trata al hombre.

Fue le benignidad de Dios que al principio me guió al arrepentimiento. Y cada muestra posterior de benignidad me ha guiado a mayor arrepentimiento.

Deja que la benignidad de Dios te guíe al arrepentimiento también. No te abuses de su benignidad. Dios ha sido bondadoso con nosotros en muchas maneras. Pero no debemos pensar que porque Él es benigno con nosotros, por eso está feliz con lo que ve en nosotros. No. Él es benigno con todos los hombres. Su benignidad tiene por meta única el guiarnos al arrepentimiento. Y cuando nos volvemos a Él sin ningún engaño, Él también colocará su anillo en el dedo nuestro. El ha conservado aquel anillo especialmente para pecadores como nosotros.

Jesús una vez les dijo a los fariseos con bastante sarcasmo: "Todos ustedes están saludables; ustedes no necesitan a ningún médico. Son los enfermos que necesitan médico y yo he venido por ellos" (Mateo 9:12). Él usó de sarcasmo en amor para despertarlos. Pero no se despertaron.

Jesús no ha venido para llamar a los que se creen justos, sino a aquellos que reconocen que son pecadores. Es muy posible que muchos de ustedes que están sentados aquí esta mañana se encuentren tan enfermos como aquellos fariseos, sin siquiera darse cuenta de ello -- enfermos de hipocresía, orgullo y justicia propia. Estas enfermedades son aun más serias que el SIDA y el cáncer - ¡y te pueden destruir! Comparado con estos pecados, otros pecados como el homicidio y el adulterio son como tener un catarro y una calentura. Tal vez piensas que el homicida y el adúltero están enfermos. ¡Pero bien puede ser que tú estés aun más enfermo que los dos ellos!

Dios quiere darnos su vida, su poder y su autoridad. Es por eso que nos deja fallar vez tras vez, hasta que por fin lleguemos al quebrantamiento.

En la historia de Job, vemos cómo Dios lo llevó hasta el fondo de la fosa, permitiendo que perdiera sus bienes, sus hijos y su salud. En un sentido hasta perdió a su esposa (quien le regañaba constantemente) y a sus tres buenos amigos (quienes le juzgaban mal y le criticaban). Sus amigos resultaron ser predicadores creídos, quienes se gozaron de "meterla una patada cuando ya estaba tirado". Siguieron "pateándole" hasta que Dios, en su misericordia, los paró. En medio de todas estas presiones Job se justificó a sí mismo varias veces. Cuando el Señor por fin le habló, Job vio la corrupción de su propia justicia -- y se arrepintió. El era un hombre justo. Qué bueno. Pero estaba confiado de su propia justicia. Qué malo. Pero después que Dios terminó sus tratos con él, ya era un hombre quebrantado. A partir de allí, sólo en Dios podría gloriarse. Así se llevó a cabo el propósito de Dios para Job.

Cuando por fin llegó al quebrantamiento, fíjate en lo que le dijo a Dios: "Hasta el momento sólo había oído hablar de ti de boca de todos estos predicadores. Pero ahora te veo cara a cara" (Job 42:5). ¡Aquí estamos viendo el Peniel de Job! Él también vio el rostro de Dios y fue librada su alma. ¿Y cuáles fueron los resultados? Se arrepintió en polvo y ceniza (v. 6). Lo que no pudieron lograr aquellos cuadro predicadores aun después de muchos días de predicar, Dios lo cumplió en Job en un instante por medio de una revelación de su benignidad. Fue la benignidad de Dios que quebrantó a Job y lo guió al arrepentimiento.

La mayor parte de nosotros oímos lo que los predicadores dicen de Dios en los cultos. Lo que necesitamos es un encuentro con Dios cara a cara, donde vemos su benignidad hacia nosotros y esto nos quebranta. Eso fue lo que le sucedió a Pedro también. ¿Recuerdas cuál fue la siguiente cosa que sucedió inmediatamente después que Pedro había negado al Señor y el gallo había cantado dos veces? Él vio el rostro del Señor. ¡Pedro también tuvo su Peniel! Leemos que "vuelto el Señor, miró a Pedro" (Lucas 22:61). ¿Y cuál fue el resultado: "Y Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente" (v. 62).

Aquella mirada de benignidad y de perdón en el rostro de Jesús le quebró el corazón a aquel rústico pescador.

Bajo el antiguo pacto, dios había prometido a Israel salud, prosperidad y muchas bendiciones materiales. Pero había una bendición que era mayor que todas las demás -- la que se halla en Números 6:22 a 26. Allí leemos que Aarón recibió mandamiento de bendecir al pueblo de esta manera: "Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti... Jehová alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz".

¿No es una gran lástima que muchos creyentes hoy día busquen las bendiciones inferiores de salud y prosperidad (que los incrédulos también reciben sin necesidad siquiera de orar por ellas) y las experiencias emocionales (muchas de las cuales son falsificadas) -- en lugar de buscar la bendición más grande de todas, la cual es capaz de transformar sus vidas totalmente -- un encuentro con Dios cara a cara?

Aunque nunca lleguemos a ser ricos, y aunque nunca sanemos, si vemos el rostro del Señor, esto suplirá todas nuestras necesidades.

Job tenía llagas por todo el cuerpo cuando tuvo su encuentro con Dios, pero no le pidió a Dios sanidad. Dijo: "He visto el rostro del Señor y me basta". Los tres predicadores que decían tener "discernimiento" y "una palabra de Jehová" le dijeron a Job que estaba recibiendo el castigo de algún pecado secreto en su vida. Hoy día también existen tales profetas autodesignados con sus mensajes falsos, declarando: "Así ha dicho el Señor", los cuales traen a pueblo de Dios bajo condenación. Pero Dios no amenazó juzgar a Job como lo hicieron aquellos tres predicadores.

Dios no habló de los fracasos de Job. Ni siquiera le recordó las quejas que había traído (contra Dios) cuando estaba bajo presión. Dios sencillamente reveló su benignidad a Job -- su benignidad que se ve en el hermoso universo que había creado para lo disfrutara el hombre, y en los animales que había creado para que estuvieran sujetos al hombre. Fue esta revelación de la benignidad de Dios la que guió a Job al arrepentimiento. Muchos se aprovechan de la benignidad de Dios y se abusan de ella. Pero en el caso de Job, lo guió al arrepentimiento. Y de allí Dios bendijo a Job con una doble porción de lo que había tenido en el principio.

La meta final de Dios en quebrantarnos es para bendecirnos abundantemente - como leemos en Santiago 5.11. La meta que el Señor tenía en mente para Job fue deshacer su justicia propia y su orgullo y convertirle en un hombre quebrantado, para que el Señor pudiera mostrarle su rostro y bendecirle abundantemente. Aun las bendiciones materiales y físicas que Dios nos da nos pueden arruinar, ahuyentándonos de Él, si no vemos su rostro detrás de ellas. ¿Cuántos creyentes hoy no se han apartado de Dios a través de la prosperidad material?

Una visión del rostro del Señor nos puede librar para que ya no sigamos anhelando todo lo que nos ofrezca este mundo:

"Muéstrame tu rostro - un destello fugaz de hermosura divina;
Y jamás pensaré ni soñaré con otro amor, salvo el tuyo.
Cualquier otra luz menor parecerá oscurecer, las glorias más bajas menguarán.
Lo más hermoso de la tierra perderá su encanto."

Pedro vio el rostro del Señor y lloró amargamente. Podemos imaginarnos que Pedro por fin había llegado al quebrantamiento. Pero no. El Señor tuvo que guiarle por una experiencia más de fracaso antes que estuviera preparado para su Peniel.

En Juan 21:3, leemos que Pedro les dijo a los demás apóstoles: "Voy a pescar". No quería dar a entender que sólo iba a salir a pescar aquella noche. Lo que él dio a entender fue que estaba renunciando su llamamiento de apóstol -- porque en esto había fracasado tan claramente -- ¡y tenía intenciones de regresar permanentemente a su antigua profesión de pescar!

Pedro había abandonado su negocio de pescar años atrás cuando el Señor lo había llamado. Había dejado todo y siguió sinceramente al Señor lo mejor que pudo. Pero había fallado. Ahora pensaba que el trabajo de apóstol no era para él. Después de años y medio de escuchar los mensajes más maravillosos que jamás fueron predicados por el predicador más sublime que vivió en esta tierra, había negado al Señor tan directamente -- y no sólo una vez, sino tres veces. Ya estaba fastidiado de tratar de ser apóstol.

Pero había una cosa que todavía sabía hacer muy bien -- pescar. Desde que era muchacho se había ocupado en ese oficio y era experto en ello. Así que decidió volver a la pesca. Algunos de los demás apóstoles tenían el mismo pensamiento. Ellos también habían abandonado al Señor en su hora de prueba y se habían corrido. Por tanto, ellos también regresarían a la pesca, ¡porque habían fracasado como "apóstoles"!

Eran hombres sinceros. Habían apreciado los mensajes de Jesús y sus corazones habían ardido dentro de ellos cuando le escuchaban. Habían querido ser sus discípulos de todo corazón. Pero habían fallado.

Puede ser que tu experiencia sea también como la de ellos. Tal vez has escuchado mensajes potentes, los cuales te emocionaron. Puede ser que tu corazón se enardeció dentro de ti al escuchar la Palabra de Dios. Es posible que hayas dejado todo y que sinceramente procuraste seguir en pos del Señor. Tal vez hiciste "decisiones" vez tras vez después de escuchar algún mensaje poderoso. Y tal vez de repetidos fracasos, te has dicho en varias ocasiones: "Esta vez, sí. Lo voy a lograr". Pero saliste y fallaste de nuevo. Contemplando el pasado desde la perspectiva de hoy, tal vez lo único que puedes ver es un fracaso encima de otro fracaso... miles de veces. Quizás algunos de ustedes se sientan tan desanimados hoy que están pensando: "¿Para qué? Mejor me rindo. Puede ser que este evangelio funcione bien para otros. Pero no a mí, sí, no me funciona. Ya soy un caso perdido. Nunca voy a poder alcanzar la meta".

¿Así te sientes tú ahora? ¿Has decidido que ya no vas a volver a intentarlo, porque de nada sirve? ¿Has decidido volver al mundo para buscar en él tu fortuna o algún placer vacío? ¿Piensas que mejor hubiera sido ser una persona completamente mundana, quien ni procuraba fingirse ser cristiano, en lugar de pretender ser un discípulo del Señor Jesús?

Pues, precisamente así se sintieron aquellos apóstoles cuando decidieron volver a la pesca. Y el Señor los dejó ir. Es como si les hubiera dicho: "Está bien. Denle. Vuelvan a la pesca a ver si tienen éxito". Y Pedro con sus amigos intentaron pescar toda la noche -- y tuvieron un fracaso total. En toda la vida, jamás habían pasado una noche tan desalentadora como aquella noche.

Media vez Dios te ha llamado a ser suyo, no te va a soltar. Él ordenará las cosas para que tú también falles en la pesca ¡o en cualquier otro proyecto que intentes! Esfuérzate tanto como quieras, pero fallarás. El amor de Dios no permitirá que malgastes la vida en cosas sin valor. Así que si tratas de corrértele, a todos los lugares adonde fueres y a todo lo que pongas tu mano para hacer, serás un fracasado -- hasta que vuelvas a Él.

Pero esto no se aplica a los que no han sido llamados por el Señor. Hay muchos negociantes infames y muchos políticos que se han ganado mucho dinero sucio, quienes todavía viven con buena salud - sin Dios. ¿Por qué lo permite Dios? Porque no son hijos de Él. Pero ahora no estoy hablando de ellos. Estoy hablando contigo, a quien Dios ha llamado desde antes de la fundación del mundo para que seas de Él.

En realidad había muchos peces en el mar de Galilea, y estoy seguro que los demás pescadores pescaron bastantes aquella noche. Los pescados se acercaron a los demás barcos. Pero Dios los ahuyentó del barco de Pedro de modo que ni un solo pez se acercó al barco suyo. Posiblemente aquellos otros pescadores se acercaron al barco de Pedro para contarle qué buena pesca que hubo aquella noche. ¡Y esto ha de haber infundido en Pedro y sus amigos un gran deseo de saber por qué no pescaban nada!

¿Alguna vez te entraría la duda de por qué nunca has tenido éxito económico como los demás? ¿Quisieras saber por qué tu negocio no prospera como los negocios de otros? Los demás parecen estarse enriqueciendo, pero parece que la prosperidad se corre cada vez que te mira. Es porque el llamamiento de Dios está sobre tu vida, y Él quiere que tengas algo mejor que lo que tienen todos aquellos mundanos.

Pedro comenzaba a dar la espalda al llamamiento de Dios en su vida y Dios se vio obligado a quebrantarlo una vez más, haciéndole fracasar. Los apóstoles habían comenzado a pescar por ahí a las seis de la tarde. Pero Jesús no se les apareció sino hasta aproximadamente las cinco de la mañana del siguiente día. El Señor bien sabía que Pedro no iba a pescar nada aquella noche. ¿Por qué, pues, no se apareció antes--tan pronto como hubieron salido--para que no perdieran su tiempo? ¿Por qué no vino a ellos por lo menos para las nueve de aquella noche? ¿Por qué esperaría hasta las cinco de la siguiente mañana? ¿Por qué esperaría hasta que sus fuerzas estaban agotadísimas después de luchar once largas horas si éxito?

Al hallar la respuesta a esta pregunta hallaremos también los designios de Dios en dejarnos fallar. Allí es donde vamos a ver el propósito de Dios en los fracasos del hombre. Allí llegaremos a comprender por qué Él nunca vino a socorrernos en el pasado, mientras aún luchábamos y a pesar de nuestros repetidos gritos pidiendo auxilio. Allí se hará claro el por qué muchas de nuestras preguntas sinceras aún quedan sin contestación.

Cuando Pedro y sus amigos salieron a pescar a las seis de la tarde, no eran unos fracasados. Rebozaban de esperanza. Para las nueve de la noche, cuando aún no habían pescado nada, tal vez comenzaron a sentirse un poco desanimados. Pero sus esfuerzos aún no podían llamarse un "fracaso total". A lo mejor para la medianoche estaban bien deprimidos. Para las cuatro de la mañana el siguiente día comenzaron a perder toda esperanza. Pero todavía tenían que convertirse en un grupo de fracasados de remate. Para que esto se hiciera realidad, tuvieron que fallar aún más. El gráfico de su confianza personal ya iba bajando. Pero tenía que bajar hasta cero -- hasta el fondo de la fosa. Y esto sucedió únicamente a las cinco de la mañana. Al llegar a este punto, ya estaban listos para rendirse. A lo mejor se dijeron unos a otros: "¿De qué sirve seguir intentando? Regresemos a la casa".

Y allí fue donde el Señor se les apareció. Así obra Dios. Y el Señor llenó sus redes a más no caber. Jamás en la vida habían tenido una pesca semejante. Aquella mañana pescaron 153 grandes peces. En un "buen" día en el pasado, a lo mejor pescaron unos 20 o si mucho 30 pescados. Pero lo que se dio aquí fue un verdadero milagro. Jamás ninguno había agarrado tantos pescados en un solo día en aquel mar. ¡Esta pesca había batido todos los récords en la historia de Galilea! Y a ellos les quedaría grabado en la memoria para siempre que el Señor había obrado un milagro para ellos, ¡justamente cuando habían abandonado toda esperanza!

¿Estás casi por abandonar toda esperanza? ¿No sabes ni qué camino agarrar ni que te tocar hacer ahora, porque todas las cosas que has intentado te han traído únicamente desilusión y fracaso? Si así es, muy probablemente estás bien cerca del lugar donde el Señor se te va a aparecer. No te rindas. Sólo está esperando hasta que tu confianza propia baje a cero. Y si no te ha venido todavía, sólo significa que el gráfico de tu confianza propia aún no ha bajado a cero. Él ve que todavía te queda un poco de fuerza carnal, la cual tiene que aplastarse. ¡Lázaro tuvo que morir y ser sepultado antes que viniera el Señor!

Cuando por fin se apareció Jesús a orillas del lago aquella mañana, ¿qué fue lo que les preguntó? Bien se daba cuenta de que no tenían pescados. Sin embargo, les pregunto: "Muchachos, ¿tienen pescados?" Tal vez ningunos se atrevió a contestarle al principio. Tal vez tuvo que preguntarles por segunda vez. Entonces dijeron que "No". Admitieron su fracaso. Fueron honrados -- como lo fueron Jacob y Job antes que ellos. Sólo eso esperaba el Señor que admitieran -- que eran unos fracasados.

Una de las cosas que me ha traído el mayor gozo en mi vida ha sido el descubrimiento de esta gloriosa verdad: Lo que más nos exige el Señor en cualquier momento de nuestra vida es la honradez. Al verla, puede obrar un milagro para nosotros.

"¿Tienen peces?" "No". "Echen la red a la derecha de la barca". ¡Y he aquí, sucede un milagro!

"¿Cómo te llamas tú?" "Me llamo Engañador". "Tú ya no te vas a llamar Engañador, sino Príncipe de Dios". Y he aquí, sucede otro milagro.

Así son los caminos de Dios, hermanos míos.

Lo único que Dios nos exige es la honradez.

¿No puedes tú ejercer la honradez con Él ahora?

Nuestra iglesia es como un hospital. Todos somos pacientes aquí. No somos ni especialistas ni expertos. Algunos de nosotros llevamos más tiempo en este hospital que otros. Pero todos somos pacientes. Sólo hay un Médico -- Jesucristo mismo. En nuestro medio no existen médicos asesores ni especialistas. Los tales se encuentran entre la gente confiada en su propia justicia dentro de las sectas falsas, y no en la iglesia del Dios vivo. Todos son bienvenidos dentro de nuestro hospital. Entre más seria es tu enfermedad, tanto mayor es tu necesidad de estar entre nosotros y hallar sanidad. Nuestro mensaje es sencillamente esto: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores -- de los cuales nosotros somos los primeros".

Dios se reúne con los que nada merecen. El publicano oró, diciendo: "Dios, sé propicio a mí EL pecador" (Lucas 18:13-traducción literal del griego). Él se tituló "EL pecador". Lo que quiso dar a entender fue que a su criterio ¡todos los demás eran santos a comparación de él! En sus propios ojos, ¡él era el único pecador sobre la faz de la tierra! Jesús dijo que aquel hombre regresó a su casa justificado. Únicamente a tales personas justifica Dios.

Déjame compartir contigo algo del verdadero significado de esta palabra "justificar". Es una palabra linda y libertadora (Lucas 18:14).

Mira las páginas de un libro. ¿Ves cómo todas las líneas de texto terminan cabalmente en el margen derecho? Así como comienzan en el margen izquierdo, así terminan en el margen derecho. En el lenguaje de las computadoras, ¡esto se llama la justificación! Aunque las líneas de texto no contienen la misma cantidad de letras, sin embargo, la computadora alinea perfectamente el margen derecho. Ahora, si escribieras algo en tu computadora sin "justificarlo", hallarías que el margen derecho queda irregular. Así nos salían las páginas de antaño cuando usábamos máquinas manuales de escribir. Nos era imposible escribir siquiera una sola página que tuviera todas las líneas de texto del mismo largo. Pero ahora vemos el milagro de la "justificación" -- y esto no se logra únicamente por medio de separar con guiones cada palabra que caiga al fin de cada línea. No. Si miras las páginas de un libro, verás que normalmente no hay nada de guiones, porque esto también se miraría feo. La computadora ajusta los espacios entre las palabras de cada línea de texto para que cada línea quede nítidamente "justificada".

Aunque ya tienes unas treinta líneas de texto escritas con un margen irregular, puedes darle el comando a la computadora de justificar todo lo que ya quedó escrito -- y qué maravilla, con oprimir una sola tecla, ¡quedan justificadas todas las líneas de texto!

Dios hace precisamente la misma cosa con nosotros cuando nos justifica. Digamos que has hecho un lío terrible de tu vida, y cada día de tu vida pasada ha terminado con un borde irregular y feo. Pero si acudes a Cristo, Dios te JUSTIFICA en un instante! Cada línea de tu vida pasada se transforma perfectamente -- como si nunca hubieras pecado siquiera una vez en toda tu vida -- ningún margen irregular, únicamente un borde perfectamente recto.

¿Verdad que es maravilloso eso? Lo que hace la computadora para nuestras páginas, Dios lo hace para nuestra vida. Aquí vemos una ilustración de la palabra "justificación" que se aplica al siglo veintiuno.

Déjame decirte otra cosa más. Media vez le damos a la computadora el comando de "justificar", cada línea de texto que escribimos después de eso también queda automáticamente justificada, alineándose perfectamente con las demás líneas. La justificación se aplica tanto a nuestro futuro como a nuestro pasado. ¡Qué maravilloso es este evangelio!

Ahora Dios nos ve en Cristo. Ya no tenemos ninguna justicia propia de qué jactarnos. Cristo mismo es nuestra justicia.

Cuando Dios nos justifica, será como si nunca hubiéramos cometido ni un solo pecado ni error en toda la vida. Y somos justificados continuamente por la sangre de Cristo - porque conforme andamos en luz, la sangre de Cristo nos limpia continuamente de todos nuestros pecados -- tanto los pecados conscientes como los inconscientes.

Uno de los errores más grandes que podemos cometer al leer las Escrituras es tratar de usar la misma metodología lógica que usamos cuando resolvemos un problema de matemática. No podemos llegar a comprender la mente de Dios en esta forma, ¡ya que Dios no obra conforme la lógica de matemática! Así que no podemos usar la lógica para averiguar si aún nos es posible llevar a cabo el perfecto plan de Dios para nuestra vida después que hemos cometido tantos errores en el pasado. Según la lógica de aritmética, esto es imposible, ya que en una suma, si tan solamente uno de los pasos contiene un error, la respuesta final siempre estará mal.

Si usas esta clase de razonamiento, tendrías que concluir que si te desviaste de la voluntad de Dios una vez en el pasado (sea a los 2 años de edad o a los 52 años de edad... realmente no importa), jamás podrás cumplir con la perfecta voluntad de Dios ahora, por mucho que te esfuerces y por profundamente que te arrepientas -- ya que con un problema de aritmética, no importa en qué paso te equivocas (puede ser el paso número 2 o el paso número 52), ¡todavía te saldrá mal la respuesta final!

Pero Dios dice: "Mis caminos no son vuestros caminos" (Isaías 55:8, 9).

Gracias a Dios que su plan para nuestra vida no obra conforme los principios de la aritmética. Si fuera así, ni un solo ser humano (ni siquiera el apóstol Pablo) habría podido llevar a cabo el perfecto plan de Dios. Porque todos hemos fallado en alguna ocasión u otra. Hasta hemos fallado después de ser creyentes -- tantísimas veces. Hemos pecado deliberadamente y a sabiendas también, después de ser creyentes. Todos los que son veraces luego reconocerán que esto es así. Pero la maravillosa verdad es que aún hay esperanza para cada uno de nosotros.

La matemática condena sin misericordia a todos los que cometan el error más pequeño. No hay lugar siquiera para un errorcito chiquito. 2 + 2 no son 3.999999999. Tienen que ser exactamente 4, ni más ni menos.

Pero los planes de Dios no funcionan como la aritmética. En su plan, los fracasos son necesarios. No existe ninguna manera por medio de la cual ninguno de nosotros podemos llegar a ser quebrantados sino sólo mediante los fracasos. Así que bien podríamos decir que los fracasos ocupan un lugar importantísimo en el curso de estudios de nuestra educación espiritual.

Jesús fue el único que vivió sin fallar jamás. Pero los demás (aun los mejores) hemos tenido que ser quebrantados por Dios por medio de los fracasos. Hasta Pedro y Pablo tuvieron que ser quebrantados por sus repetidos fracasos.

Por tanto, regocíjate en el mensaje del evangelio, y que la benignidad de Dios te guíe al arrepentimiento. Que te guié a una vida de gozo y de descanso perfecto en Dios -- un descanso que se produce únicamente con el conocimiento de que Dios "te ha aceptado (permanentemente) en su amado Hijo" (Efesios 1:6).

Todos los días cometemos tantos errores. Nos deslizamos y caemos en pecado -- aunque sea por accidente o inconscientemente. A veces se nos amontonan tanto las presiones de la vida que nos deprimimos y nos desanimamos, y allí es cuando nos vienen aun más tentaciones de pecar. Dios entiende estas presiones y es compasivo. No nos dejará ser tentados más allá de nuestra capacidad de resistir, sino que nos proveerá una escapatoria. Él puede enderezar todo lo torcido en cada una de nuestras vidas.

La vida cristiana no funciona según la lógica humana. Funciona según el milagroso poder, la perfecta sabiduría y el perfecto amor de un Padre celestial.

Ninguno puede mecanografiar su vida con líneas perfectas, produciendo un margen perfectamente recto. Es Dios quien nos justifica a todos nosotros -- aun los mejores de nosotros. Jamás hombre alguno podrá jactarse ante Dios.

Seamos misericordiosos, pues, con otros que han luchado y han fallado en las batallas de la vida, porque todos nosotros también hemos fallado, y todos hemos recibido mucha misericordia de parte de Dios.

Déjame decirte esta palabra final en nombre de Jesús: TÚ PUEDES COMENZAR AHORA MISMO EN EL LUGAR DONDE TE ENCUENTRES Y AÚN CUMPLIR EL PERFECTO PLAN DE DIOS PARA TU VIDA.

Y si fallas mañana, corre inmediatamente a Dios en arrepentimiento y Él te justificará de nuevo.

No digas nunca que este evangelio no funcionará en el caso tuyo. Si te da la tentación de decirlo, es porque has pasado demasiado tiempo escuchando a los maestros falsos, a los predicadores legalistas y al mismo diablo. Deja de escucharles. Deja de leer sus libros y comienza a escuchar a Dios y su Palabra de aquí en adelante. Confiesa lo que dice la Palabra de Dios.

Que no falle tu fe en el momento de la prueba.

Oremos unos por otros, como nuestro Señor también ora por nosotros.

Amén y Amén.

 

 

CAPÍTULO DOS

El perfecto plan de Dios para los que han fallado

 

Hay tantos hermanos y hermanas que sienten que por haber pecado y fallado a Dios en algún punto en sus vidas pasadas, ya no pueden cumplir el perfecto plan de Dios para sus vidas ahora.

Miremos ahora lo que las Escrituras nos dicen sobre esta cuestión sin depender de nuestro propio sentido de lógica ni de nuestro entendimiento.

Nota primeramente cómo comienza la Biblia.

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1:1). Los cielos y la tierra deben haber